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Carlos Alcolea

A Coruña, 1949 – Madrid, 1992

Es reconocido como uno de los protagonistas destacados de la denominada Nueva Figuración madrileña, surgida a comienzos de los años setenta y que se prolonga durante la década siguiente y cuya recepción favorable coincide con la existencia incipiente de un entramado de crítica, galerías y mercado del arte.

Alcolea vive la pintura de un modo intenso y pasional, como una gramática de formas, colores, gestos, guiños y significados. En sus inicios, adopta algunas de las premisas del Pop en su vertiente europea, con David Hockney como principal referencia. Alcolea considera que no hay pintura de ideas, sino de experiencia y visión, por lo que lleva a cabo una reivindicación de la práctica pictórica, de la pintura como oficio y del tema como fundamento último del cuadro.

En su trabajo se reconoce la paleta de colores ácidos y vivos, así como una tendencia al uso de amplios campos de color delicadamente difuminados, que dan lugar a cuadros luminosos. También se aprecia el protagonismo de la línea y el dibujo, las lecciones de la historia del arte (de Tiziano Vecellio a Paul Cézanne, Claude Monet y Henri Matisse) y también los conceptos de la paradoja y la reversibilidad, manifestados mediante la recurrencia a la representación de la Cinta de Moebius. Autorretrato. Moebius y su amigo (1975) da constancia de ello, además de obras como Dassein, (1977) y Matisse de Día, Matisse de Noche (1977), que actúan como fórmulas de distinción y “sobre las que se funda y sostiene la pintura”, tal como indica Ángel González, comisario de la exposición.

Alcolea es un dandy y un intelectual que elabora una iconografía propia a partir de una serie de temas que aparecen al comienzo de su carrera. El artista insiste en estos temas y en sus variaciones, dado que como el mismo afirma, “pensar no agota la idea”. Uno de estos temas recurrentes es, las bañistas y la piscina, para después utilizar el agua como estado (líquido) y como medio en Los borrachos (1979-1980). El relato de Lewis Carroll Alicia en el País de las Maravillas le permite entrar en el mágico mundo de las aventuras subterráneas, otro medio que propicia el desequilibrio. Así, esa supuesta figuración presente en las bañistas, los retratos intelectualizados de Ángel González (1980) o María Vela. Veccellia (1982) o las figuras extraídas del imaginario Pop, como la Reina de Inglaterra, se convierten en iconografía de una experiencia deglutida.

Sus cuadros resultan del equilibrio entre color y composición, como en La camarera roja, (1973) o Finisterre (1988-1989) y en ellos domina la nítida línea de horizonte. A partir de 1975-1976 las dimensiones de los lienzos aumentan y trabaja dípticos y trípticos en obras como Alicia en el país de las Maravillas o Alicia a través del espejo (1979), donde insiste en las duplicidades y en la consistencia material de la pintura: “Dentro o fuera del cuadro, pero en el cuadro”, tal como sostiene el artista.

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